Mil doscientos cincuenta días pasaron. Los últimos treinta y ocho los pasó en cama, tenía una enfermedad desconocida para el mundo fuera de ella misma. Día tras día se torturaba a sí misma con el silencio, en sus mejores momentos leía o incluso dibujaba -solía dedicarse a ello. Todo empezó al trijésimo octavo día después de Aquello. Se acordó de su adolescencia e infancia, buscando un culpable de lo que se la acusó.
No lo encontró, pero como suele pasar cuando vamos al desván o ordenamos nuestras cosas viejas, encontró algo útil. La obligó a salir de la que pasó a ser su cueva. Le dió la impresión de que ése día, el Sol sabía que salía y por ello se alió con Murphy, aquél que dijo que si algo malo puede ocurrirte, no dudes en que lo va a hacer; por ello el Sol brillaba con más fuerza que nunca. Y eso era extremadamente molesto para un habitante del submundo, de su submundo. Algún que otro paso, y comprobó en esas máquinas chupasangre que tenía los medio suficientes como para hacer lo que quería. Ahora sólo queda...
-¿Sí?
-...
-¿Hola? ¿Hay alguien?
-Sí sí, ¿te acuerdas de mí?
-Claro, Elianne.
-Me preguntaba si también recordarías algo que tenemos pendiente, de cuando aún íbamos de aquí para allá con bicicleta.
-Hm, no te sigo.
-¿Cómo vas de tiempo los próximos tres meses?
-Pues, sin trabajo, voy bastante bien de eso, y fatal de dinero.
-Lo segundo tiene remedio y lo primero, ya no. Te robo todos los días, incluso festivos.
-¿Eh?
Elianne colgó, pues tenía que moverse mucho, que si agencias, que si vuelos, que si hoteles, que si cambios de moneda, que si me faltará ropa, que si camas separadas, ...
En fin, ciento veinte horas después, estaba todo listo. Cuando quería no perdía el tiempo.
Al bajar del avión, después de doce horas de vuelo, no sabían bien bien qué era eso de andar. Si bien los aeropuertos todos se parecen un poco, al ir hacia el hotel se hacían cruces de lo bonita que era lo poco que estaban viendo de la región de Kyoto. El hotel, bastante sencillo, no mermaba las expectativas que tenía Elianne de éste. Troy no se creía que estuviera viviendo lo que estaba viviendo. No imaginaba que lo que quería podía hacerse realidad.